|
I
Fuera de tiempo: 1962
Escenario: una mesa, unos papeles sobre la mesa, una silla al fondo, una cama, un armario. Una luz que alumbre tenuemente en la mesita de noche, un librero y libros desparramados. En el piso varias hojas de papel arrugadas.
Agnus, se pasea por el dormitorio y dice dirigiéndose al público y leyendo con el papel en la mano unos momentos y después directamente hacia el público expresa:
Parlamento de Agnus:
___Es posible que sea esta una última vez que me dirija a usted en los mismos términos de hace trece años. En primer lugar por que la claridad de los días de abril es tan brillante que no necesita ni más sol ni escenario más despejado.
Y debo hacerlo para mi propia salud espiritual, mi salvamento sentimental, y sobre todo mi equilibrio emocional. Un hombre no debe ser tan necio que pierda la cabeza racional frente a una mujer que tiene ya definida su posición frente al mundo, a ciertas relaciones y a ciertas circunstancias.
Y esto no nos debe llevar a ninguna confrontación de ninguna naturaleza. Estoy sumamente convencido de que siempre seré, por parte suya, reclamado cuando mis servicios sean requeridos. A lo mejor cuando presté mis servicios, ellos siempre fueron trasuntados por el amor, por ese sentimiento que no tiene interés mayor que la simpleza de la entrega. Pero, de su parte, sin que en su corazón se mueva un ápice del sentimiento ya conocido, sólo ocupará de mí el servicio profesional o personal para resolver problemas que coadyuven a despejar el proyecto de vida que usted ha trazado.
He querido ser lo más objetivo posible, haciendo un nudo en mi corazón, para evitar que él se descompense. Y como no puedo obligarla, presionarla, acosarla, ponerle contra la pared, por que el raciocinio y la madurez dictan tomar la distancia con frialdad y entereza, es mejor que lo todo lo hermosamente cultivado por mí, sea aplanado para que ninguna flor surja en el terreno del sentimiento.
Ya sabe que soy un buen romántico, un hombre claro, honesto en mis pretensiones con usted. La generosidad y la bondad siempre serán mi brújula de comportamiento cuando mi corazón así lo determine. Lo cual no quiera decir que sea un tonto de capirote, un bobalicón.
He llegado a un punto en mi vida en que la reciprocidad constituye la base de una extraordinaria relación, en cualquier campo que sea: en el sentimental, en el profesional.
Necesito una solidaridad capaz de empujarme hacia el cultivo de frutos que me ayuden a realizar un proyecto que satisfaga muchas perspectivas, o al menos varias, o pocas. Sabe usted que nada hay tan hermoso que producir resultados proposititos acompañado por la fuerza espiritual de una mujer comprensiva, solidaria, amorosa, y sobe todo, que en la acción la unidad de esta dimensión sea plena.
Sé que el olmo no produce peras, que el manzano no produce uvas y sobre todo, que donde no hay un sentimiento arraigado de amor nada será importante, ni llamará la atención siquiera para el recuerdo.
Contar con alguien siempre en todo momento, circunstancia y proyección, con amor, es vital para sobrevivir, y producir. No entiendo la vida que no produzca nada, no entiendo a la gente que no camina hacia la acción constructiva. Y sí, si la entiendo, o mas bien la acepto. Mientras tanto sigo mi camino, mi futuro. Tal vez eso me diferencia de otros, claro la connotación de mis proyectos tienen que ver con mi oficio de escritor y de intelectual.
Hay una fuerza especial y don que Dios me dio. Ambos privilegios trato de explotar y lo bueno de ello es que mientras lo hago ayudo a otros sin que muchas veces estos logren descifrar el beneficio que obtienen, por que su espíritu no detecta la fuerza que produjo tal acción.
Volviendo a lo mío, que no a lo suyo, tal vez un día entienda las complejidades que mueven mi mundo interior.
He pretendido lo que aparenta ser imposible, por que en la vida nada es inalcanzable, precisamente por que los hombres conllevan en su sino el sello de la conquista del mundo, si no fuese así ello, la modernidad con todas sus implicaciones no fuese disfrutada tal como ahora inconscientemente gozamos.
Al separarme yo de usted, logro vencer varios obstáculos: uno primero, liberarme de la pasión que obnubila mi pensamiento, liberarme de la condición de andrajoso y mendigo de amor, liberarme de compromisos que el sentimiento impone, en fin, puedo salir del túnel para ver la claridad del mundo como cuando un prisionero sale del calabozo a la libertad inmediata. Una plenitud de pronto, como viento repentino, llena el espíritu para tomar de nuevo las riendas de un destino distinto. Se recupera la calma, y lo bueno es que la frialdad pone en las cosas un color exacto.
Para mí es lo más sano.
Gracias por haberme enseñado a través de un agujero pequeñito que allá existía una persona cuya historia empieza así:…había una vez en el país del nunca jamás una mujer
extraordinariamente bella que….
Parlamento de Filia Guntiz
De pie, arrimada a un escritorio, y viendo hacia la ventana.
__¡Ay de mí! Acaso si me comprendiera, si acaso en su razón extraviada como la luz de la tarde que muere, un poco de entendimiento se posara en sus sienes, entonces no sería para usted lo imposible, o lo vano, y peor aún, lo detestable.
Usted que piensa como los arrebatados huracanes, o los vientos que suelen desfallecer las vegetaciones tropicales, cree que al permitirle su acceso hacia mí, yo la prisionera única de esta torre, digo de este dormitorio, en la que encadenada suelo recibir de los buitres los picotazos de la desventura que me humilla, ¿puedo quizá salir hacia la luz de la libertad, lugar donde los pájaros celebran sus orquestaciones?
Usted, sí, sí. El que corre sin obstáculo por esas calles empedradas como un corcel libérrimo, ¿cree que yo podría eventualmente tomar el sendero primoroso del cauce que conduce hacia el infinito extraviado?
No crea que mis oídos convertidos en caracoles del mar que repiten el galope de las olas chocando contra las playas dejan en el olvido sus palabras ilusorias, o sus mensajes esperanzadores, no, siempre estoy a la espera de sus palabras exactas para discutir conmigo si el sonido de aquellas coincide con el contenido de las mismas.
Cuando me dice todas esas historias que hilvana con tanta seguridad, mis piernas tiemblan, mis huesos caen, mi piel se eriza, en fin, siempre le he escuchado con tantas angustias y satisfacciones que de repente olvido este encierro, este destierro de la vida mundana. Y salgo sobre la marcha casi volando hacia el lugar de donde proviene su sonido de lengua espiritual.
Es cuando de un solo frenazo mi cuerpo se detiene, cuando las cadenas que atan mis pies se estiran con tanta tensión que pienso en esa libertad de la cual usted disfruta con tanta intensidad y que yo padezco con tanta tristeza.
Quiero salir de este infierno, de este cascarón de hierro, pero, ¿no lo ve, no lo nota?. Qué difícil es trascender la misma prisión físicamente, y pensar que usted camina por toda parte, entre los árboles, en las riberas de los ríos, en los espacios amplios del campo, en las calles citadinas, mientras yo acá sólo puedo imaginar a los pájaros que vuelan de un árbol a otro o de un bosque hacia otro bosque, ¿no sabe usted que el aire comprimido me devora el pecho para aminorar mi vida?.
Usted no puede saber lo deleznable que es perder el juicio ante la falta de libertad, se le ocurren a una deseos de gritar con los pulmones fuera de la boca, y pedir que nos liberen, y cuando nos traen agua convertirse una en moléculas húmedas para salir en ese pequeño recipiente como si fuese uno una bacteria más de las que allí habitan.
¿Quiere que le cuente de mi carcelero?
Ah, cuando lo conocí era como un príncipe de los castillos medievales que ponían sobre la mano de la reina o la princesa otros reinos, y el oro de sus conquistadas ciudades, bebíamos el mejor vino en copas de oro y rubíes, disfrutábamos de los faisanes y de la caza menor de los bosques que rodean un palacio.
Venía a mí como llegan los ángeles de la guarda de una dulce compañía a beber en mi mano el amor virginal, ingenuo y ciego.
En los ocasos y las auroras solíamos, tomados de la mano, contar los arreboles y sus figuras graciosas que se desvanecían con el viento que corre del sudeste al norte.
Así por un tiempo tal que ahora su decurso parece un sueño.
Un día, llegó hasta mí borracho, pendenciero, y traía vulgares olores de perfumes de alguna otra mujer, llegó solo para acusarme y rematar mi ingenuidad con acusaciones de celos infundados, diciéndome que los vigilantes de palacio me habían sorprendido en brazos de otro hombre. Vil calumnia de sus pajes serviles. No era otro hombre era usted mismo le dije entrecortada por el llanto, con los ojos llorosos. No se acuerda pregunté, la vez que embozado y misterioso escaló la torre y saltando por la ventana del sur, cayó sobre mi lecho y me poseyó expresándome que usted no era usted, si no otro que era usted mismo. Cuando salió recorrió la misma ruta de entrada. En mí ser hubo confusión pero fue una experiencia magnífica, al menos sentí una experiencia diferente a la rutinaria, pero no expresé siquiera alguna satisfacción. Al rato volvió, no me deje mentir, esta vez venía repugnante y violento, me golpeó de entrada, cruzó su palma de la mano derecho por mi rostro y dejó marcado sobre mi mejilla un manotazo descarnado. Me dijo que me odiaba y que de ese momento en adelante iba a hacerme sufrir el engaño que le había cometido.
ENTRA A ESCENA …”. Leíste en la última página, antes de que tu marido llegara hasta el sofá donde leías, allí mismo te estampó un beso, pero, también tomó la obra de teatro de Felipe Gallego, y observó brevemente el título: “Materiales para un monólogo falso”, y dejándolo a un lado, y ya erguido frente a ti que estabas sentada, dejó ir esta frase que te dejó estupefacta: el único material para el monólogo falso que hay en esta casa es tu vida, mi amor, dejá de andar leyendo textos que te desentiendan de tu responsabilidad conmigo y la familia, sobre este asunto ya hemos conversado desde hace muchos años.
De inmediato te levantaste y fuiste a la cocina con una cólera contenida y preparaste el almuerzo, lo serviste como le encantaba a él que lo atendieras. Manteles especiales, loza fina, vasos de cristal bastante elegantes, cubiertos de plata completamente brillantes. En fin.
Diste la media vuelta y saliste al dormitorio. Una lágrima del tamaño del océano atlántico bajó por tu mejilla izquierda, mientras tanto al llegar a la cama, te dejaste caer de una sola vez sobre la más alta de las almohadas. Te diste vuelta sobre tu cuerpo y quedaste boca abajo, mordiste la esquina de la almohada y prorrumpiste en un llanto silencioso que sólo tu madre pudo escuchar en la lejanía de su casa.
II
Año 1965. Tiempo de verano.
……
¿Te acuerdas Malebolge?. Kío-el-Barum te colocó contra el quicio de la puerta. Respira ba hondo y sus ojos se transfiguraban. Te puso el cuchillo en el cuello, mientras te apretaba con la otra mano contra la pared del dormitorio que daba a la calle. Tus hijos no se dieron cuenta del hecho. Pero aún así lo amabas. Lo adorabas. Lo idolatrabas. Lo tenías casi elevado a la categoría del dios de la felicidad. Son los celos decía después Kío–el-Barum, y su pelo liso y abundante le caía sobre los hombros, cabello que tu tomabas en las horas íntimas con fuerza para halarlo contra tu desnudez. Claro, te había encontrado una llamada perdida en el celular que decía: te espero en la esquina, mañana a las cuatro de la tarde.
Tu madre ya últimamente se había desentendido de ti, por que como siempre te sucedía lo mismo, digamos cíclicamente. Su período repetitivo constaba de cinco meses, tres días y ocho horas. Era un reloj el aparecimiento de su desorden mental. Una vez te celó con tu prima la Beatriz Molleda que estaba casada con un boxeador. Y te celaba con ella por que ambas pasaban juntas hablando y riéndose de toda tontería. Te acuerdas cuando le vimos a aquel hombre las nalgas apretadas que se le ceñían en el pantalón… y tu respuesta era un jajajaja interminable, decía la Molleda. El Barum las oía y se moría de cólera el muy bruto, por que después reflexionabas con la misma Beatriz, qué tiene de malo reírse de unas nalgas de hombre que se ven arrugadas en el pantalón, se decían ambas.
Por ese tiempo habías matriculado unas clases de periodismo investigativo en la Universidad Laboral. Te servía clases un profesor que se llamaba Simeón Ibaynes, periodista que había sido galardonado internacionalmente por sus trabajos de investigación sobre el narcotráfico y su relación con la iglesia pentescostal. Tema completamente inaudito.
Cuando estuviste en ese curso aprendiste sobre todo un poco de retórica, un poco de gramática, un poco de redacción y sobre todo un poco de despabilamiento. Por que antes de ser alumna de aquella carrera, casi pensabas que los santos orinaban. Menos mal que la Beatriz ya antes te lo había advertido: Sos una bruta, pendeja, no ves que el tal Kío está muerto de la risa con parrandas de muy señor mío, mientras vos estás aquí encerrada como una boba de escuelita alegre. No le notás los cuellos de la camisa que vienen llenos de carmesí. Pero es… respondías al momento en que te interrumpía la Molleda: nada de peros, vos tenés que superar ese trance de mosquita muerta por el que pasás. Y eso que viene el hermano y su primo a traerlo para ir al estadio a ver fútbol y regresar a las cinco de la mañana, muy contento por que su equipo ha sido el ganador, es mentira, gran tonta. Le recriminaba Beatriz por medio del teléfono. Su voz chillona se oía allá lejos como si estuviera llamando desde Checoslovaquia.
Cuando entraste a la universidad, eras casi una niña, apenas tenías 21 años. Pero ya tenías dos hijos muy bellos. La niña se llamaba Alejandra. El mayor le habían puesto Kio Tito Livio, en honor a los romanos que habías estudiado cuando cursabas latín. Para diferenciarlo del padre, lo identificabas con el sobre nombre de Titío.
Tu vida se desenvolvía muy naturalmente hasta que una vez conociste a un hombre fornido, de tez blanca que poseía unos ojos brillantes que te llamaban poderosamente la atención. Fue muy extraña aquella relación con él, por que en primer lugar te desarmó completamente por dentro, saber que otro hombre diferente de Kio-el Barum, pudiera gustarte. Fue una experiencia bastante traumática por los resultados que hubo después en tu vida familiar. Recuerdas que te visitaba en el trabajo muy a menudo, que te llevaba de vez en cuando en su carro hacia el centro de la ciudad donde tenías que comprar algunas minucias de la provisión de la casa. Fuiste con él una verdadera adolescente no enamorada si no mas bien encantada de su acompañamiento e interés por ti. Habías comenzado un nuevo trabajo, el primero. Fue en la década de los sesenta sesentas, no se te olvida, por que al mismo tiempo tenías un pretendiente que te abordaba en calidad de artista. Era un pintor de nombre Maurenzo Velliz. En realidad no era compañero tuyo, si no que llegaba a la oficina a vender cuadros a un poeta obsesionado por la pintura y que se dedicaba a decorar casas de familias ricas y poderosas.
Cuando estudiaste la carrera de periodismo creíste resolver tus problemas de preparación profesional para un futuro no lejano. Lejos estabas de saber que te cambiarías de carrera a una más afín a tus ambiciones personales.
Al principio Kío no se dio cuenta de aquella sana relación con Calvante Machado. Un hombre sin muchas pretensiones de estudio profesional universitario. Aquella amistad con él era muy frecuente y pasaba por un beso o por una abrazo estrecho, sin ninguna otra significación amorosa. Finalmente, las arpías viejas chismosas de tu oficina le pasaron a tu marido aquella calumnia del tamaño de la catedral de León. Eso te costó golpes que te dejaban señalado el cuello y los brazos, y con el fin de que tus compañeras no se dieran cuenta de la golpiza recibida, te pintabas los brazos con unos colorantes que estaban de moda para empolvar las mejillas. Cuando ingresabas a la oficina parecías una vedette de Hollywod. Anteojos oscuros, ataviada con finos collares, pintada en el cuello y las mejillas y un silencio sepulcral. Saludabas a las compañeras y compañeros con mucha prudencia y distanciamiento.
Pero Calvante aparecía a eso de las diez de la mañana con un regalo para ti. Unas manzanas, uvas, flores, peinetas, lápiz labiales, en fin, recibías una atención que propio esposo no te ofrecía. Y conversabas con él hasta la mediodía y después iban almorzar. Una vez Kío te fue a buscar a tu oficina y le dijeron que no estabas que en ese momento realizabas una gestión en la oficina central. Fue la única vez que las arpías se comportaron a la altura. Regresaste sola a tu centro de trabajo por que Calvante necesitaba hacer unas diligencias en la oficina del pago de impuestos. Qué sorpresa recibiste. Kío estaba sentado en las gradas que conducían al tercer piso, mientras se limpiaba las uñas con un cuchillo de cazador de montaña que guardaba en un cinto Desde que lo viste el corazón te dio un vuelco como si fuera gato callejero que al caer desde una azotea cae parado, dándose vuelta en el aire. Te vio con una mirada asesina. Le devolviste los ojos temerosos de oveja en peligro. Era chaparro pero cuando se enojaba parecía un gigante de siete suelas. El estómago se te encogió. Las piernas parecían cuerdas de guitarra, vibrantes del puro espanto. Tus manos, pequeñas como de diosa silenciosa, temblaban imperceptiblemente. Fue entonces que te dirigió unas palabras:
__¿Hola amor como te va?
___Bien, ¿y tú?___. Devolviste la pregunta con cierto tino y expectativa.
___Fíjate que te buscaba por que debemos ir a pagar unos impuestos a la Dirección de Control Fiscal____. Dijo con la mayor naturalidad del mundo. Sentiste entonces un verdadero alivio casi monumental. Un peso del tamaño de las ruinas griegas se te quitó de encima. Sin embargo, siempre guardaste alguna discreción y te pusiste sobre aviso para estudiarlo en momentos en que él manejaba el auto. Ni siquiera entraste a la oficina si no que allí nomás te dirigiste a la ventanilla donde la secretaria atendía la clientela y le dijiste que ya no volverías a las tareas correspondientes.
___Te he estado esperando más de una hora. Afortunadamente me encontré con un antiguo compañero mío que es ingeniero en luminotecnia y está trabajando en el supermercado llamado La pirámide global. Me contaba que necesitan unos contratistas para instalar toda la hidroelectricidad del edificio y que un arquitecto egresado de la Universidad Jorge Gaitán es lo que ellos quieren. Me pidió el número telefónico de la casa y de la oficina___. Acotó Kío-el-Barum. Para ti aquello solamente era un descanso en tus temores, por que te encontrarías con Calvante, a lo mejor haciendo cola y qué tal si ingresaban a la misma fila unos detrás de otros. Qué horror, repetías hacia dentro de ti misma.
___¿Y es necesario que vayamos ahora mismo?__. Dejaste ir la pregunta con la mayor ingenuidad que tu voz podría imitar y proseguiste:___Es que debo ir al banco a traer dinero para comprar unos materiales que le pidieron a la Alejandra y son urgentes. No quiero que cierren el banco___. Dijiste con la naturalidad propia de las actrices americanas que protagonizan comedias de enredos domésticos.
___Sólo que nos desviemos por la calle del anillo troncal, te bajás y espero, pero que sea rápido ¿eh?___. Emitió tu marido aquella voz siempre tan formal y firme.
Así que sacaste un poco de dinero y saliste con un tiempo prudentemente calculado. De modo que volviste a tu actuación de esposa sumisa y remolona.
___Ay amor, esas colas sí que están grandísimas, vieras y como hoy es día de pago de la quincena en la ciudad, uy qué cantidad de gente. A propósito te envió saludes el coronel Puerto Domínguez, aquel que trabajó con el doctor Julio Baroja, en la candidatura a la Alcaldía Municipal, te manda decir que te recuerda siempre____. Sabías muy bien que el coronel Puerto Domínguez andaba por una provincia y que se había trasladado a otra ciudad por que había obtenido un trabajo nuevo de un organismo internacional.
Proseguiste por la avenida que desembocaba en la gran vía Moncloa. Doblaste en la plaza Los Fusilados de Abril. Luego tu marido buscó un edificio de estacionamientos y entraron subiendo por el pequeño túnel que venía de Moncloa. A la derecha estaba la entrada correspondiente. Conversaste sobre los niños y tu suegra. Ah tu suegra. Eso sí que era un capítulo aparte para ti.
Ella si que tenía una múltiple personalidad. Contigo se comportaba de una manera, con tus nietos de otra, con tu familia era distinta, pero con tu maridito, era un comportamiento completamente fuera de lo normal. Lo consentía como si fuese un niño. Aquello te repugnaba por que cuando lo mimaba te echaba unos ojos de cinismo que te daban ganas de ahorcarla. Por cierto que una vez tuviste un sueño en el cual no sólo la ahorcabas, si no que la acuchillabas toda y le cortabas los ojos con un cuchillo de cocina. Lo peor era que los ojos ya salidos de sus cuencas te volvían a ver con el mismo cinismo de siempre. Así que en el sueño los aplastaste y brincaste encima de ellos tanto que te despertaste subida en la cama saltando. Fue cuando Kío se despertó asustado recriminándote aquel comportamiento de pesadilla grotesca.
Entonces estacionó tu marido. Bajaste del auto y proseguiste un trecho bajo techo, subiste unas gradas y entraste a la oficina. Paseaste la mirada por todas partes y no viste a Calvante. Pronto te ubicaste en la fila con tu cónyuge. El sacó una libreta y una calculadora y se puso a hacer algunas cuentas. Tú entre tanto revisabas el panorama. En el momento en que ya tomaban la ventanilla correspondiente, de allá atrás sentiste una voz rápida que te dijo: ___¡Adiós Malebolge!__. Y desapareció tragado por la puerta de vidrio debidamente oscurecida.
Era el instante en que Kío conversaba con la cajera. Sentiste que la tierra se te abría a los pies y que te tragaba como si fueras un desperdicio de mujer. Pero tu consorte en ese momento recibía un formato de retiro del banco, lo llenaba y firmaba su siempre inconfundible sello estilístico que era como una k alargada y oblongada sobre la cual la i parecía travesura de mosca y la o un ojo de chino adormecido. Nunca le entendiste a esa firma, pero como dicen por allí, firma es firma.
Le contestaste con la vista a Calvante y te pusiste a ver hacia el cielo de la oficina bancaria, lugar en donde se erigía un tragaluz muy bonito de esos que sólo a los arquitectos geniales se les puede ocurrir, estampaste tus ojos en esa joya constructiva para disimular en caso de que tu mariachi hubiese sospechado siquiera que habías saludado a otro hombre que no fuese amigo suyo o familiar de ambos.
Al rato tenías a tu lado a Kío que despreocupado ya venía con unos recibos sellados por la cajera. Esa noche te invitó a cenar con los hijos y fueron de paseo por la gran vía napolitana como le llamaban al paseo donde todas las transnacionales de las comidas rápidas atendían los clientes de voraces hambrunas. Conversaron muy entusiastas. Todo iba a la perfección cuando te dejó ir de sopetón la pregunta: “¿Quién era el fulano que te saludó por detrás casi en tu espalda pero que ya salía del banco?”.
Muchas reacciones tuviste en tu interior. Primero fue la sensación de que un balde de agua fría caía en tu vestido comprado precisamente la tarde anterior para lucírselo a Calvante. Inmediatamente sentiste una paralización general y momentánea, más adelante con la velocidad que sólo ocurre a nivel de pensamiento, sentiste que todo lo que te acontecía semejaba una fatal pesadilla que te conduciría a la muerte irremediable. Pero sacando fuerzas de la flaqueza, haciendo de tripas corazón, y desde el fondo de tu ser, salió aquella Bety Davis que conocías del cine norteamericano, claro con la personalidad de Jennifer López:
___Perdón, amor, iba distraída pensando en los útiles de Claudia Alejandra que mañana debe entregar estos materiales, ya sabes ¿eh?, por que si no le quitarán por lo menos unos veinte puntos de la clase que ni me acuerdo de su nombre, ¿como decías?__.Expresaste con la mayor tranquilidad y poniendo una cara de ingenuidad peculiar en ti, esperaste nuevamente la pregunta, no sin antes sentir que te desmadejabas en el asiento que acompaña al conductor.
____Es que miré que alguien te saludaba al salir de la oficina___. Dijo un tanto tranquilo y sin ningún tono de voz que supusiera duda. Por dentro respiraste un aire profundo que él no notó por que iba conduciendo en medio de la noche fresca. Entonces, como reacomodándote en el asiento y con aire de firmeza, respondiste
____Ay, cielo, era Raulito Medina el administrador de la Dirección Académica de la Universidad, no te acordás que te conté cómo me había ayudado a resolver el problema de la nota del licenciado Cerrato, en periodismo investigativo___. Respondiste no con el alma en vilo, si no con una buena actuación merecedora de un aplauso de los espectadores, hasta moviste un tercio el rostro hacia él para que viera tus ojos llenos de la más absoluta verdad que podías imprimir en su brillar.
___Me lo hubieras presentado___. Exclamó con una dosis de indiferencia tal que tu corazón volvió a su normalidad como por arte de magia.
___Cómo, si ya estaba casi fuera del local___. Dijiste acompañando la voz con un tono de humildad y despreocupación. Luego añadiste una pregunta distractora de esas que ponen el pensamiento del cónyuge en otro planeta.
___Amor recordá que el sábado es el cumpleaños de tu mami y no hemos decidido que le llevaremos a su reunión….él inmediatamente mordió el anzuelo y comenzó: a sí ¿verdad?, fijate que…Blablablabla…
Cenaste y regresaste a la casa todavía con la sensación de que en cualquier momento podías caer fulminada por un rayo de casualidad doméstica capaz de borrarte del mapa. Esa noche hiciste el amor pensando en Calvante, no por que lo desearas si no por que no tenía lo a lo mejor lo que tu corazón buscaba fuera de casa.
Te dormiste profundamente. Esa noche soñaste con unos niños que encendían estrellas en el cielo y que tú las apagabas con el soplo silencioso de una boca amorosa.
III
1975. Época de navidad
Es tiempo de navidad. La tristeza te invade nuevamente el cuerpo, la piel, los ojos y sobre todo el alma. No quieres vivir, no deseas existir. Te encuentras sola con tus hijos. Tuviste que abandonarlo. Nuevamente Kío –el-Barum te golpeó con la cacha de la pistola y te lanzó al suelo, te puso el cañón de la 3.57 en la frente y te dijo que te iba a matar. Cuando eso sucedió sentiste que tu vida era un deshecho humano, es decir una mierda, que tus padres habían desperdiciado su amor al concebirte. Que de todas maneras nada importaba en tu vida. Era la enésima vez que tu esposo te maltrataba con saña cada vez más sádica y monstruosa.
Y es que siempre creíste resolver por ti misma el problema. Y tus hijos ya estaban uno en sexto grado y el otro en tercer curso del ciclo común. Ya entendían por que tu marido, su papá, te torturaba con reclamos de amores que no cultivaste, de relaciones que no deseaste, de admiradores que no buscaste, de amigos íntimos que sólo en su enfermiza mente diabólica podían existir. Y es que ya había llegado a pensar que eras una prostituta que se acostaba con todos los hombres, con el voceador del periódico, con el albañil que arreglaba las goteras, con el carpintero que hacía los muebles de la casa, con el vendedor de gasolina, con el taxista que pasaba por enfrente de la residencia. Y cuando no era así, suponía él que tus hermanas te traían recados de a saber que hijueputa malparido, repetía como un loco en la sala o en el dormitorio paseándose agitado por todo el espacio y pateando lo que encontraba a su paso. Odiaba a tus primas por que ellas también permitían que hombres de voces roncas te llamaran por teléfono cuando no estabas y es que tengo pruebas de esos grandes cabrones que te cogés a saber en qué cama de los niños nuestros, repetía como un borracho, desquiciado, y completamente enajenado.
Sólo fue que recibieras una llamada de tu hermano menor para que él creyese que era un amante tuyo. Por ello y no por otra cosa fue que se descompuso, el maldito, se descompuso tanto que tuviste que abandonarlo.
Por eso aquí estás en esta otra casa, alquilada a la carrera, sin más trámite que la palabra empeñada por tu papi. Si, Malebolge, fue tu papi quien te ayudó en esta operación huida de tu casa. Saliste protegida por tu mamá y tu papá, tus hijos a duras penas se trajeron los libros y los cuadernos de la escuela, sacaste los uniformes, los zapatos, bueno, fue una debacle. Además venías con el golpe en la frente y la cara, ambas amoratadas, producido por la cacha de la pistola de Kío. Maldito Kío, bendito Kío. Odiado Kío. Amado Kío.
Se oyen las canciones de navidad. …navidad,,navidad…blanca navidad,…pamparam pam param pam, y la voz de José Alfredo Jiménez inundando el ambiente. Para ti es triste este tiempo, recuerdas la pistola en tu frente, los hijos llorando, el rostro de tu marido completamente descompuesto y unos ojos desorbitados inquiriéndote. Tu madre al saber la noticia se desplazó para tu casa y su sorpresa fue que tu esposo la recibió con mucha cortesía como si no te hubiese amenazado de muerte, el muy cínico. Pero tu madre sabía quién era él. Tú le contabas cuando la visitabas en su oficina de medicinas naturales. Tu padre, un hombre sabio y paciente, también te acompañó. Era tan cínico que hasta le ofreció un trago a tu viejo, en tus adentros sólo pudiste expresar: qué cabrón tan malvado, ¿es que mi papi no cree lo que me sucede?
Tus padres no discutieron mucho con él, sólo te dijeron: mija recoja sus cosas que la llevo a un apartamento que acabo de alquilar, dígale a mis nietos que se apuren y lleven todo lo necesario.
Fue así que viniste a parar a este lugar un poco estrecho, pues sólo tiene una cocineta, dos dormitorios, una sala pequeña, dos baños y un patiecito con su pila de lavandería. Todo fue pesadillesco, la salida, la amenaza, los hijos llorando, tus padres muy enojados pero además bastante prudentes.
Parecía que vivías una vida de delincuente, perseguida por tu marido en todas partes, vigilada por detectives que contrataba para controlar tu vida. Así que mientras todos los habitantes de esta ciudad se aprestan a celebrar la felicidad del calor del hogar, tu te enfrentas con un problema personal que te desmorona por dentro. Te crees la mujer más fea del mundo, la más despreciable, la más imbécil, la estúpida, la que es una cenicienta, es decir, mija estás para los perros como dice tu prima Beatriz Molleda.
La Beatriz está allí siempre al teléfono: haló prima, como te va, loca, no jodás si te contara con quien salí anoche, uhhhmmmm. Con quien prima respondes al aparato que parece una zapato deformado y que por un extremo tiene configurado un hueco auricular y por el otro tiene un micrófono moderno, mientras conversas tu pensamiento está en ninguna parte, sólo oyes el patatá patatá de tu prima que al otro lado pareciera darse gusto contándote las experiencias que tiene con un su marinovio con el cual salen todos los días a bailar, cenar, pasear y te cuenta con tanta confianza hasta las posiciones sexuales que practican con su pareja a quien ella alaba mucho por tener un órgano viril del tamaño de un estadio, si qué soy una campeona dice ella, riéndose al otro lado, vieras que…y tú por dentro llorando, llorando, llorando, en un interminable sollozo que nadie puede contener, y que como actriz de primera clase, pero de las mejores actrices clandestinas, te ríes al contestar frases aisladas como por ejemplo: qué barbaridad prima, no te componés prima, púchica primita del alma cuídese no salga con un domingo siete y ya sabe usted como es la familia, mientras de tus ojos negros y grandes caen marejadas de lágrimas que inundan tu blusa y tu pantalón negro que mandaste a confeccionar para celebrar el cumpleaños de Titío tu hijo mayor . Casi siempre es de esa manera, lo mismo sucede cuando llama tu mami quien por consideración casi nunca te pregunta sobre el bergante de tu marido, solamente pregunta por los nietos, que si hicieron la tarea, que si no se han enfermado, que si no les falta algo, que como te sientes, en fin, la voz de mami penetra en tu oído como un bálsamo que cura heridas y las cicatriza con sólo decirte que te adora y que te respalda en todo lo mejor que le pueda suceder a tu existencia, tu madre te envía un beso por teléfono, mismo que recoges como si fuera la virgen maría quien desde su cielo azul lleno de comprensión y
amor cristiano se condoliera de tu padecimiento y de tus sufrimientos, y en el instante mismo tu mami sabe que estás derramando lágrimas inconteniblemente y te dice no mi amor no llore que todo eso va a pasar recuerde que no hay mal que dure cien años y tú dices para tu propio pensamiento sólo hay un cuerpo que lo resiste y es el mío, mientras piensas que es mejor suicidarte, que es mejor salir del escenario que es la vida y desaparecer como cuando las gotas de agua caen al océano, o como cuando las hojas del otoño caen sobre la vegetación ya podrida de tanta hojarasca.
En eso llegan tus hijos que ya saben que hablas con su abuela y te piden que los comuniques con ella, entonces pasándote por los ojos la manga de la blusa color azul granate que usas en esta ocasión , les entregas el teléfono a los niños y te retiras sólo para regañarte a ti misma por ser tan débil, pues reaccionas positivamente cuando sabes que ellos no tienen ninguna culpa de una posible horfandad por culpa del maldito esposo que la vida te dio.
Es cuando recuerdas el modo como te fuiste casando con él. Eras una estudiante del colegio y estabas ya para graduarte en la secundaria cuando él apareció en una fiesta a la cual fuiste invitada por una de tus compañeras de último año. Su presencia no te llamó la atención en lo más mínimo, de manera que lo reconociste sólo por que Sabina Galdós se acercó a ti y te dijo que aquél muchacho que ves en esa esquina te envía saludos y te ruega que le aceptes un baile en la siguiente pieza musical que pondrá mi primo Salustio, y te dejó ir esta frase en el oído: parece que le interesás demasiado, aprovéchalo es ya un licenciado en Derecho.
Es un recuerdo que cae del cielo como una lluvia refrescante pues, en esa época qué podías imaginar el infierno que vivirías con él. Y fuiste a bailar con aquel pretendiente mas por curiosidad que por obligación. Desde lejos se le veía un mozo bastante educado, formal y serio. Cuando lo volviste a ver él levantó un vaso y te saludó con una bonita sonrisa a la que correspondiste pero sin ningún otro compromiso que la cortesía usada en las fiestas juveniles.
Fuiste a bailar, cuando él te sacó extendiendo su mano fuerte sobre tu delgada y fina mano, sentiste una apretón sobre el hueco interno de la misma, cuestión que no te desagradó pero tampoco significó algo más.
Bailaste a lo mejor alguna de esas piezas de la época de Marley o Pink Floyd o cualquiera de los rockeros de la época. Por alguna razón que no recuerdas algo de él te pareció atractivo: su carácter firme, su seriedad y su visión de un mundo donde se podía colegir que se avistaba un futuro prometedor. Y eso te gustaba, no estabas a esa época de tu edad en condiciones de picar acá, por allá, en cualquier otra parte. Pero fue su organización del mundo lo que te atrajo finalmente, nada descuidaba, nada dejaba por alto, era un detallista en todo, hasta en el tiempo que te dedicaba. Poco a poco fueron armonizando con mucho tiento por ambas partes. Tú en no ceder a sus pretensiones sexuales comunes a la época antes del matrimonio, él en llevar las cosas con cierta prudencia y respeto por ti.
Fue una relación que nada tuvo de locura en cuanto al amor, a la aventura desmedida, a la disipación del divertimento. Incluso cuando llegaron a la cama fue todo un acontecimiento pues a pesar de que un día te aceptaste quedar a solas, en un hotel que no recuerdas su nombre, no pudieron llegar a consumar el acto sexual pretendido, pues desnuda te levantaste de la cama para vestirte y salir corriendo de aquel lugar como si se te hubiese revelado algo en el interior de tu alma que te paralizó toda voluntad en derredor del objetivo propuesto.
En definitiva este asunto puntilloso fue resuelto el día que se casaste en casa de unos primos allá en la colonia Álamos de Occidente. Fue una fiesta humilde, pero muy cálida, de poca asistencia, pero bastante cariñosa. Vestías un traje blanco largo, cuyas mangas terminaban en las manos sujetado por una especie de guante a mitad de los dedos. Te veías bellísima, alta, delgada, sonriente, una rosa blanca se sostenía en tu pecho izquierdo, una diadema de imitación de diamantes te retenía el velo de novia que caía a tus espaldas, mientras el cabello largo, muy largo lo habías convertido en peinado griego, o de las cortes francesas de la época de Luís XV. Era algo fenomenal. La peinadora acaba de regresar de España en donde había recibido unos cursos superiores de belleza en el Instituto Pilar Montero.
La familia de tu esposo se ubicó en una sola mesa larga por que era muy numerosa. El centro de la mesa era tu suegra, en derredor de la cual hijos, sobrinos y primos hacían su propia velada fiestera. Con ella ya habías tenido algunos roces que te habían dejado un mal sabor en los preparativos de la boda. Es que deseaba dirigir tu reunión matrimonial. Y eso no se lo permitiste, así que le dijiste en un momento determinado y casi con los dientes apretados: suegra se me sienta en la mesa que le he reservado y déjeme a mí y a Kío el-Barum gozar de nuestra independencia a partir de ahora ¿Entendido?
Para qué tuviste más, desde ese momento te puso en cuarentena afectiva. Desde el inicio de tu relación con ella las cosas no marcharon con buen humor, armonía, siempre hubo entre ambas una especie de lucha por el cariño del hombre hijo y del hombre marido. Fue insuperable aquella disputa entre ambas. Tu suegra era otra enemiga y te tocaba lidiar con ella tiempo con tiempo, visita con visita, día con día, años con años. Un día sin saber cómo y por qué ella murió víctima de un asalto a mano armada en su casa de habitación. Vivía sola sin nadie que la rodeara, y dicen que tenía un carácter muy fuerte con los vecinos. Al parecer entró en choque con los mismos ladrones que le llevaron finalmente un televisor, anillos, cadenas de oro y otros utensilios de menor valor. Un disparo en la frente la dejó tirada en el dormitorio principal.
No pudiste dejar de sentir lástima por ella y llorar por el dolor que sufría tu cónyuge, quien en la misma morgue emitía suspiros hondos y llantos de niño sin consuelo. A su entierro asistieron familiares que llegaron de Nicaragua, Costa Rica y hasta unos panameños que nunca había mencionado Kío-el-Barum. A propósito siempre te intrigó el nombre que le habían puesto a tu esposo. Parece ser que la señora anduvo enredada con un árabe que vino de palestina y era inversionista. Se conocieron por accidente y luego al tiempo constituyeron pareja informal. El palestino se llamaba Kío-ben- Amed, y poco tiempo después quedó embarazada del comerciante árabe, con tan mala suerte que a los dos años de convivir juntos debió marcharse a Palestina, a resolver asuntos de herencia familiar. Un día tu suegra recibió la noticia que su marido había muerto víctima de los bombardeos producidos por el gobierno de El Líbano contra colonias palestinas fronterizas.
Así fue que descifraste el origen del nombre de tu marido. Y ya ves, mucho, pero mucho tiempo después también tu suegra feneció. Allí quedó zanjada la diatriba, la guerra de Troya que sufriste
Con el tiempo el problema de Kío el Barum se agudizó. Peleaba por todo, por esto, por aquello, por lo otro, por lo demás. Y así tuviste que resistir sus embates cotidianos, sus dudas, sus sospechas, sus acusaciones, sus especulaciones, en fin, era una lucha sorda la que librabas en la soledad misma, pues tus hijos no conocían detalles de las agresiones de palabra, de acto.
Sin embargo, a pesar de todo, cada vez que sufrías el embate de sus celos, el empuje de sus agresiones, había una cierta negociación mediante la cual lograbas algunos propósitos, y claro, esto lo desconocía tu mami. Y por otro lado, ya comenzabas a sentir el sabor de algunas victorias pírricas, por que a pesar de ser batallas ganadas en el fragor de la desmesura, de la incandescencia, de la impertinencia, implicaba que ibas enfermándote de igual manera como él empeoraba en sus acciones personales y actitudes de comportamientos subjetivos con relación a ti. Una vez pensaste que ya estaba celándote con un perro que había en casa y que se llamaba Owen, por ser pequeño y muy furioso, pero contigo era una miel, decías en tus momentos de reflexión hogareña. El caso era que el perro estaba muy bien atendido por ti, lo apapachabas, alimentabas en tus manos, lo bañabas con perfumes y shampús comprados en la tienda de belleza canina. Dormía en tu cuarto cuando él no estaba. Lo besabas y lo quedabas viendo con ternura. Eso lo ponía fuera de quicio. Pero como ya estabas acostumbrándote a aquel desorden psíquico, entonces, mientras llorabas sentías un placer extraño.
Un día descubriste que te encantaba que te golpeara, que luego humillado se hincara frente a tu cuerpo desnudo y te pidiera perdón, él también desnudo, te encantaba verlo así caído y con la excitación asomada en el aguijón leptosomático que se desprendía de su cuerpo como si fuese un clavo ardiente que se elevaba y dirigía a ti como si fueras la diosa de la conmiseración y de la lascivia.
Allí entonces empezaba tu especie de venganza dulce, gozosa, morbosa. Le pedías que te lamiera los moretones que te dejaba en los brazos, en las piernas y en los pechos. El aprovechaba y te chupaba la piel en el cuello y los pezones, así que un día cualquiera andabas con unas señas violáceas que eran producidas por golpes y por orgías sexuales que ambos protagonizaban en aquel cuarto pequeño, semioscuro, pero amplio en el contenido de su significación. Por que no era un cuarto de tortura, si no un dormitorio de placer sádico. Se oían los golpes caer sobre tu cuerpo y luego un quejido hondo que terminaba después en una especie de aullido de loba sangrante, lúbrica y tenaz.
Llorabas por que te insultaba y te decía: así es que agarra el hijueputa que te cogés, mientras te hacía el amor enloquecido, con los ojos desorbitados y te daba con una regla que habían comprado ambos en una tienda escolar, a veces sacaba un lazo , lo mojaba y tú ya sabías lo que te tocaba. Entonces acostabas a los niños temprano, mas bien a los muchachos, y se dedicaban ambos a ofenderse de palabra, a gritarse, pero a amarse, él te daba con el lazo en los glúteos y los dejaba sangrando mientras tú te masturbas y él te hacía el amor per angostam viam.
Y aquello te parecía un paraíso, claro, te fuiste deformando con el paso del tiempo. Aquello era como una droga, y ya la fantasía no era satisfactoria. Así que un día decidiste realmente tener un amante. Te costó trabajo llegar a esa conclusión, por que te faltaba que Kio –el- Barum te golpeara pero no como si fuese un teatro, una escena dramática. He aquí entonces que empezó para ti una nueva vida.
IV
1987. Tiempo de primavera
Maurenzo Vellis era el hombre que esperaste durante tu vida de casada. Tenía la capacidad de adivinar tus necesidades afectivas. Sus atenciones te hacían sentir la mujer más bella del universo, caso contrario que experimentabas con tu marido. Que en cada golpe te decía: pendeja quien te va a hacer caso, mirate al espejo, bruja de mierda, sos una basura completa. Y te dejaba ir aquellas manotadas sobre el rostro y sobre el cuello. Gemías al sentir aquellos azotes que te inundaban casi las 24 horas del día. De modo que cuando llegabas a la oficina era necesario prepararse unas dos horas antes a fin de estar lista para recomenzar la comedia cotidiana. Ya sabías que era tu comedia trágica, pero así lo habías diseñado. Por otra parte, te encantaba sentirte la víctima. Los compañeros te tenían lástima y por medio de ese sentimiento de víctima incomprendida lograbas una solidaridad casi enfermiza. Por eso cuando un hombre te buscaba y era guapo, todos te hacían un espacio de simpatía por que ellos odiaban a Kío-el-Barum.
Maurenzo Vellis siempre estuvo pendiente de ti. En tus triunfos laborales estaba apoyándote. En tus desgracias personales él estaba frente a tu escritorio con unas rosas rojas únicas para tu ego destruido por Kío. Llegabas al trabajo hecha una rata inmunda y en cuanto llegabas a tu oficina, él te llamaba para hacerte sentir de inmediato una reina, pero reina de su corazón, protagonista de su sentido fresco y llano del amor. Pero, qué podías hacer frente a aquella paradoja por la cual pasabas siempre. La casa un infierno, la oficina el paraíso. Tu Kío era una realidad permanente y Maurenzo una posibilidad sin puerta de salida. Kío el torturador, Maurenzo el artista halagador. Mientras en tu casa un puñetazo era tu eslabón de vida con el mundo familiar, en la oficina una flor se erigía como una tabla para la salvación del naufragio. Tú no podías negarte a ser feliz fuera de casa, pero tampoco podías dar la espalda a tu realidad doméstica. En el fondo amabas a tu Kío el torturante, el monstruoso.
Vellis siempre pintó cuadros inspirado en ti. Recuerdas límpidamente la mujer cuyas piernas alargadas y sensuales, con un rostro trágico parecía debatirse entre la muerte y la vida. A veces te regalaba cuadros donde las montañas desaparecían entre el horizonte convertidas en pájaros oscuros que la noche los absorbía. Era una serie que él denominó “Pájaros Absortos”. El problema era el modo de integrarlos a la casa. Como no podías tenerlos contigo, decidiste llevarlos a casa de tu mami, a quien le quedaban muy lindos en una sala de un regular tamaño más de ocho metros por lado, ella que le encantaban las cosas finas y de buen gusto, ella tenía siempre el espacio de la pared para recibir aquella muestra de arte. Kío te preguntaba el por qué tu mami le daba por comprar cuadros de pinturas, si cuando él la conoció ni siquiera sabía que existía ese mundo desfachatado de los pintores, te decía con un poco de envidia y rabia perfectamente disimulada en la voz que interrogaba con cierta emoción contenida.
Una vez pintó unos peces con fondo rojo y los colores de los seres acuáticos eran azul y amarillo, pero tenían la virtud que al ser vistos desde la perspectiva del espectador parecían salir del cuadro agitando su salada cola de espinas. Nunca supiste el código que descifraba aquella significación pictórica, pero, para tu gusto era un hermoso cuadro que reflejaba la inocencia, la vida y la muerte pendientes del hilo de la pesca que los hacía pender como si acabasen de ser capturados.
Te recuerdas que ibas a la casa de tu mami después de haber sido golpeada salvajemente por Kío y te metías en los cuadros como si fueras una intrusa que deseaba sacar a flote las implicaciones semánticas de cada color, de cada figura, de cada trazo del pincel, y hasta de la calidad del marco de la pintura. Te quedabas silenciosa viendo cada cuadro y su estructuración ideográfica, era como introducirse en el mundo de los sueños fantásticos aquella experiencia de pronto te remontaba a mundos maravillosos inexistentes que el fondo te hacía olvidar la vida sufrimiento y degradación humana.
Había un cuadro que te gustaba mucho, era una pareja que estaba sentada arropada por una sábana de color verde agua, pero, había algo que unía a la pareja y era una guitarra que los atravesaba como si fuese un inmenso cuchillo. El tema de la guitarra que ha sido muy manoseado en el ámbito general de la pintura te parecía en este cuadro un acierto temático.
Los rostros que había pintado Vellis eran parecidos a los rostros de la esperanza y la ilusión, las cabezas de las muchachas estaban rodeadas por un turbante extraño, todo ello era para ti un oasis en medio del infierno de la cotidianeidad. Era mucho tiempo el que permanecías en aquella sala donde las figuras parecían rodearte y abrazarte con un cálido gesto.
Vellis te sacudía el alma, pero no el cuerpo. Allí estaba el meollo de tu decisión para llegar a la cama con el hombre que te hacía vibrar en el espíritu, pero no en la piel que se eriza frente a un muchacho joven o a un hombre que fuese algo así como un torbellino de picardía. Y es que te fascinaban los hombres de mucho mundo, bueno, pero que más deseabas de mundo novísimo y Vellis definitivamente no tenía ese colmillo.
Era un hombre pausado, racionalista en la mayoría de las veces cuando de analizar un entorno inmediato se trataba. Lo admirabas por esa capacidad analítica que poseía y con la cual te aconsejaba tanto. Se acercó mucho a ti de al manera que después vivías ya con dos hombres, uno real, concreto, en tu domicilio, y otro, ideal, abstracto, sano, generoso, entusiasta, en fin, un hombre como el que necesitabas. Pero, otra vez surgía el muro de la desgracia y del infortunio, este monstruo que poseías era tu debilidad carnal, psíquica, emocional, y es que lo mismo te elevaba al cielo como te enviaba a las llamas del purgatorio. Ahora te reías, estabas tranquila, plena, cuando de pronto una palabra, un gesto, una sombra en tu mirada y ya su carácter estallaba como un volcán, así de inmediato, y sin ningún aviso explotaba su palabra, su rostro, sus gestos. Una vena se hinchaba sobre su frente, se enrojecía como si el fuego se convirtiera en sangre de piel ardiente, era una soeza la que de su boca de estiércol saltaba desde su risco de rostro descompuesto, y caía hacia abajo como una catarata hedionda y pusilánime. Entonces llorabas, pero, en el llanto lo amabas, lo querías por que pensabas que algo le sucedía en el fondo de su corazón puesto que pasados los minutos caía postrado a tus pies, que besados una y otra vez, se humedecían como si hubiesen sido metidos en un recipiente lleno de agua.
Aquella situación de espinas y pétalos te hacía sentir al mismo tiempo reina y al mismo tiempo esclava, nada hay tan hermoso, repetías hacia tu interior que lograr un orgasmo después de un sufrimiento, es más vital y más lleno de aire y esplendidez.
Las lágrimas te las sorbía con la boca, entonces lo mirabas humillado sobre tu cuerpo, disminuido en su sexo, un gato ronroneando era, un pobre animalito desamparado, un huérfano de la calle recogido por la aristócrata fémina del demonio. Era un angelito y tú una diablesa, era un hilo de voz y tú una fuente desgajada de palabras hirientes. A él le gustaba que lo insultaras cuando te hacía el amor, le encantaba que lo castigaras y por eso te había comprado un látigo que blandías hasta azotarlo sobre su espalda que después quedaba herida como si un cuchillo sin filo raspara los poros de una piel sedosa.
Así que entonces el Vellis, pintor de gran exquisitez estaba destronado como un posible hombre que pudiese acompañarte en tu vida final. Pensabas: ¿cómo será el mundo sin pleito, sin rabias y sin odios? Será un mundo de estúpidos, te decías acomodándote en la silla del comedor, mientras conversabas con alguno de tus hijos que con los ojos llorosos te miraban sufrir. Y te decías ah que brutos, si supieran lo feliz que me hace en la cama.
El pintor desaparecía de tu memoria en cuanto llegabas a casa a todo correr para evitar que Kío-el-Barum se molestara siquiera un décimo. Vellis era demasiado ángel para ti, por que ya estabas convertida en una sombra del demonio, en una sombra del monstruo. Por eso no notabas que hacías sufrir a quien no se merecía. Al Vellis lo dejabas plantado cuantas veces te parecía necesario. Te reías de él cada vez que podías mientras lo mirabas desde una ventana cualquiera en un espacio cualquiera, lo observabas consultar el reloj con cierto nerviosismo. Qué tonto te decías nervioso por mí, hummmmm…
A veces lo citabas a un restaurante del Hotel Milton In perteneciente a una cadena muy famosa por las atenciones turísticas en cualquier tiempo del año. Allí llegaba el bobito, con sus rosas que ya te parecían un repetición asquerosa, las mismas de siempre, con un olor de frescura que te daban ganas de vomitar, envueltas en un celofán vulgar y transparente, amarradas por la parte inferior con una cinta roja de escuela primaria. Y aunque tu marido nunca te regaló una joya fina de áureo color, cuyo peso en quilates hacía sospechar una buena cantidad de dinero, el regalo te pareció mas bien una desmesura que no tenía por qué ser. Estuviste a punto de devolverla, pero cuando viste la cajuela en que venía envuelta supiste la calidad del producto. Así que dibujaste una sonrisa, y ni siquiera le diste el beso acostumbrado de una cortesía de urbanismo. El te sonrió con una mueca estólida que lo hizo parecer un pobre perro amaestrado que sigue las indicaciones del amo orinándose del puro miedo a su voz de mando. Y tú le dirigiste una frase manida: uy usted qué lindo este obsequio, cuánto se lo agradezco, es usted muy generoso conmigo, no se hubiera molestado.
Así que te quedabas observándolo desde lejos. Se sentaba en la mesa del sector que estaba a orilla de calle donde los meseros atienden a todo mundo sin mucho protocolo turístico. Y se llevaba a lo mejor un libro para leerlo en el entreacto de la espera, miraba el reloj y seguía leyendo, y clavaba los ojos en la calle por donde se suponía que aparecerías tú con tu contoneo de reina de belleza provincial.
Pedía un café, y tú desde allá riéndote, es un enamorado de capirote, te repetías de capirote. Se desesperaba y dejaba de leer y se pasaba el pañuelo por el rostro, se colocaba los lentes, se los quitaba, cruzaba una pierna sobre la otra y así sucesivamente hasta que cansada de ver sus acciones ridículas, te reías a tu interior, dabas la media vuelta y decías entonces cerrando aquella escena: hasta pronto mijito que ya me está esperando el rey deRoma.
Te acuerdas perfectamente que en tu casa existía un jardín interno, que tu mamá cultivaba con mucha dedicación. Te encantaban los geranios, las chinas, los helechos que ella colgaba de los corredores interiores que poseía aquella casona del siglo XIX.
Había unas margaritas que siempre las sembraba en un jardín especial, las cuales florecían hacia la estación de la primavera. Ya en el período en que estabas completamente transformada en tu interior, llegabas a jugar con estas flores en particular. Las arrancabas y empezabas una rutina. Vendrá enojado, no vendrá, vendrá enojado…O simplemente cambiabas de situación: me pegará hoy, no me pegará, me pegará hoy …me hará el amor y me pegará, no me hará el amor y no me pegará…En fin te deleitabas con aquel juego insulso que te habías inventado. Casi siempre te salía positiva la primera pregunta.
¡Ah Maurenzo Vellis!: cuánto lo quisiste en el momento mismo en que te convertiste en otro ser, en otra mujer, en otro yo. En otras palabras lo amaste demasiado tarde, por que ya en ti no existía la mujer que te habitaba hacía algún tiempo: ingenua, virginal, silenciosa, coqueta, alegre, tímida, crédula y sobre todo solidaria. La mujer víctima se había esfumado como por arte de magia. Un día cualquiera te sentiste otra, te sentiste liberada, ya no era aquella sumisa, la sufriente, la que lloraba por nada y por todo, en realidad eras ahora única.
Malebolge te había puesto tu madre, es que antes eras Bolge, te faltaba Male, de mala, de perversa. Y esto último te hacía gozar de los daños que ocasionabas. A tus hijos les hablabas como si fueran adultos retorcidos del pensamiento. Les decías ajá malebolcitos cómo les va y te reías de ellos que te miraban como si fueras algo diferente. Los muchachos se retiraban de ti completamente sorprendidos; debido a ello por algún tiempo se trasladaron a vivir con tu madre, pero luego comprendieron tu conversión y volvieron uno por uno, primero la mujercita Alejandra, luego el varón Titío. Ya estaban próximos a entrar a la universidad y su madurez les permitía realizar algunas conclusiones sin permitir la ingerencia materna o paterna. Recuerdas en ese vacío de significaciones en que vivías no haber finalizado tu carrera universitaria por querer resolver tu infiernito y tan fácil que era solucionarlo. Te fijás. Bien pudiste terminar tu carrera, pero ya ves como son las cosas del matrimonio. De todas maneras, en la oficina algunas compañeras ya se retiraron del trabajo. Ya ni siquiera te preguntaron por aquellas flores que recibías cuando estabas más joven.
Es por eso que fuiste a la cama con Maurenzo, sólo para hacerle el daño correspondiente, por que cuando te acostaste con él, lo insultaste y lo golpeaste con el látigo que tu marido tenía para sí. Pensaste que la ilusión se te iba a elevar hasta el grado más alto, pero no. Sentiste que necesitabas humillarlo, destruirlo por ser tan ángel, tan bueno, tan bruto. Fue así como se te alejó el Maurenzo, dejó de hablarte, de enviarte flores, de regalarte cuadros, de atenderte como una mujer tierna. Pero ya todo aquello se había derrumbado en un instante en que no te diste cuenta. Todo el castillo de naipes se vino abajo. Un día desapareció aquel enamorado que te ilusionaba como una niña, se lo tragó la ciudad y lo convirtió en un personaje cualquiera, anónimo, de esos que encuentras en la calle como solemnes desconocidos que nunca entrarán en el torbellino de tu vida. Pasan por tu lado y es como si los fantasmas citadinos se diluyeran entre las calles estrechas del casco histórico de aquella ciudad con forma de embudo penitente.
Claro, todo cambió el día que le disparaste con la pistola de tu papá a Kío-el-Barum. Fue una vez cuando después de llegar borracho procedente de la calle vino directo a golpearte, ya estabas preparada para el ataque, así que cuando se acercó a la cama y te dijo que eras una perra, una prostituta de tomo y lomo, se agachó y te aprisionó la mano izquierda, te levantaste con el mismo impulso con que el hombre te lanzó un puñetazo a la cara, y en tu mano derecha apareció empuñada la pistola. Forcejearon. Cayeron al suelo mientras los insultos nacían y morían como chispas de pólvora de navidad. En la lucha tenebrosa, se oían gemidos, exhalaciones pesadas, gritos contenidos, patadas violentas, manotazos ruidosos, sordos golpes de los cuerpos y las cabezas contra la pared y el piso. Era una hecatombe. Y no era la lucha del amor carnal, ni era tampoco el juego erótico de los primeros días de matrimonio. No había risas, ni carcajadas, ni luces encendidas, ni correteos tras el cuerpo deseado, desnudo, sudoroso, bello, ansiado, pleno, no, no y no.
Fue todo tan instantáneo que todavía recuerdas el trueno, el relámpago. De repente oíste el disparo de la pistola, fue un trágico sonido seco que extrañamente no abarcó toda la casa, si no que se quedó contenido en el cuerpo de Kío-el-Barúm, de tal manera que pareció mas bien el caer de una tabla de madera sobre el piso, o de una mueble pequeño que se derrumba desde poca altura. Bregaste todavía unos segundos más, hasta que Kío tomó conciencia del grave momento por el cual atravesaba. Estabas junto a él casi abrazada, uno frente al otro, los manos tomadas de los antebrazos, y una caliente humedad que inundó ambos cuerpos. Sentiste sobre tu camisón de dormir una pegajosa humedad tibia con signo de tragedia inmediata.
De repente sentiste que ambos -por ese instinto de pareja que nunca muere- se miraron a los ojos. Un par de ellos vio normalmente tal vez atravesado por la sorpresa angustiosa, el otro traspasado por un ingente dolor que comenzaba a irradiarse por toda la humanidad. Enseguida supiste que no eras tú la que había recibido el disparo. Te separaste de sus brazos y levantaste el dorso de tu cuerpo que todavía yacía -la parte inferior- sobre el suelo, era esta por cierto para ti una contorsión inusual.
La rabia que había invadido todo tu sistema nervioso de repente quedó allí en el vértice del cono de un volcán a punto de hacer erupción. La ebullición del magma sanguíneo comenzó lentamente a bajar de nivel. Primero te desconcertaste, luego te sorprendiste y finalmente el terror de la desgracia trágica te golpeó de un solo batacazo la razón, el ego equilibrado por la inteligencia de la causa, el efecto y las consecuencias colaterales de aquella acción atentatoria contra la vida.
Te aterrorizaste porque veías venir una serie de hechos policiales, judiciales y familiares. En un segundo, iluminado por la racionalidad que hizo su aparición en tu pensamiento como un sol esplendente, todo quedó en su dimensión exacta. Tu vida de adolescente que soñaba con graduarse de doctora en Diplomacia Comercial, tu deseo de casarte con un hombre que fuese tierno, comprensivo, emprendedor, tu disposición a mantener un hogar cálido en una casa con pájaros cantores, y un buen lugar para descansar y pensar en sueños hermosos, tu ánimo a criar hijos que recibieran tu cariño espléndido, todo ello quedó inutilizado en el instante en que por fin viste al hombre allí desmayado y herido, estaba desmadejado quien te había golpeado durante toda tu vida de casada. Fue algo extraño, ilógico, insólito.
Y vinieron a tu memoria los tantos días de vergüenza, de sufrimiento, de llanto, de dolores físicos. Todo sucedió relampagueantemente. Por eso reaccionaste con susto y con sorpresa, pero sobre todo con angustia. Te llevarían a la primera posta policial del sector en que vivías, te meterían presa con los demás delincuentes, te tratarían como una criminal; luego te pondrían un abogado para que te defendiera de la acusación fiscal, llegarías a la corte a escuchar los veredictos correspondientes, pagarías un criminalista para que llevara tu causa judicial.
Te tratarías con un psiquiatra para que te sometiera a un tratamiento psicoanalítico, irías donde un sacerdote para encontrar tu paz espiritual, buscarías un salón de belleza para comparecer donde fuere con tu mejor ánimo y presentación formal, leerías algunos libros que Maurenzo te regaló… y por último te dedicarías a tus hijos con todos los etcéteras que corresponden a una atención de madre que todo lo sufre, todo lo puede, todo lo comprende, todo lo perdona, todo lo sacrifica, todo lo acepta, en fin llegarías al concepto de madre total, plenipotenciaria, y victoriosa, lo demás, te vendría por añadidura, sólo esperarías en este aniversario del hecho trágico la carta de libertad que el juez te prometió al debatir tu caso vivamente en el juicio ordinario que se te aplicó, recordarías el día en que el jurado te declaró inocente de todos los cargos de la acusación oficial, serías entonces una mujer libre, una madre libre, un corazón fuerte para amar nuevamente con todo tu esplendor fabuloso que sólo se obtiene cuando se ha entregado el hueso, la entraña y el alma a un solo propósito: la libertad de acción, pasión y pensamiento.
Por eso repetiste hasta la saciedad y la locura, todo vendrá por añadidura, todo vendrá por añadidura, todo…mientras anudabas un pañuelo sucio y largo que te había regalado la Beatriz Molledo el día que te encarcelaron.
Antes del desayuno: 7:00 a.m.
Pobrecita la prima, yo la fui a visitar al centro carcelario de Mujeres Dominga Petrus. La fui a visitar con mi novio
|